
Vengo de una familia que cruzó océanos para sobrevivir. Mis abuelos llegaron a Sudamérica desde Europa cargando historias de guerra y de pérdida. De ellos heredé algo que tardé años en reconocer: que empezar de nuevo no es una derrota. Es una forma de valentía que se transmite en la sangre.
Crecí entre esa herencia y su peso. Una infancia compleja, una adolescencia reprimida. Y sin embargo, en ese encierro se fue formando una conexión con la espiritualidad que desde muy joven sentí como el único territorio verdaderamente mío.
Por eso sé reconocer cuándo alguien está cargando una herencia que no eligió. Y sé que ahí, justo ahí, también puede empezar a elegir.
Viajando por el mundo aprendí el idioma silencioso de los lugares y fui, muy despacio, aprendiendo también el mío. Entendí que hay cosas que no se pueden planificar, y que eso no es un problema.
Desde esa convicción tomé la decisión que lo cambió todo: dejé la ciudad y me fui a vivir a la selva peruana. Casi dos décadas entre árboles que respiran, ríos que guardan secretos y plantas que saben cosas que la ciencia apenas empieza a nombrar.
Allí entendí que la transformación no se busca. Se habita.
Hoy, cuando alguien llega a mí queriendo forzar su propio proceso, sé acompañarlo a soltar el control. Porque yo tuve que aprenderlo primero en mi cuerpo.
Me fui a la selva peruana con el padre de mis hijas, a sembrar nuestra familia. Sin plan de transformación. Sin retiro espiritual. Simplemente vivir.
Mi primer parto terminó en cesárea. Así que el segundo lo preparé con todo: quería tenerlo en casa, estudié, me formé, me rodeé de acompañamiento. No funcionó. Terminé en el hospital.
El tercero era un embarazo gemelar. Según toda lógica, imposible de parir en casa. Mis gemelas no leyeron ese manual. Llegaron solas, en casa, en su propio tiempo. Las recibimos mi compañero y yo.
Eso me llevó a formarme. A acompañar partos en la comunidad, a todas las mujeres que lo necesitaban. Aprendí que el cuerpo sabe cosas que la mente no puede planificar y que hay que confiar en la sabiduría de nuestro cuerpo.
Siempre fui racional. Cognitiva. De las que entienden las cosas pensándolas.
Las plantas maestras no funcionan así. No te explican. No te convencen. Te muestran. Y lo que me mostraron a mí fue que la vida es infinitamente más grande que este cuerpo, que esta historia, que este envoltorio humano que creemos ser.
Llegué a ellas en el momento más oscuro. Había perdido al padre de mis hijas y seguía de pie, criando, sosteniendo, funcionando. Pero por dentro atravesaba una noche que no tenía fondo visible.
Las plantas fueron la pieza que cambió todo. No me quitaron el dolor. Me dieron una perspectiva desde la que el dolor tenía sentido. Y desde ahí pude salir adelante.
Eso es lo que sé sostener contigo: el dolor que no se va, pero que puede dejar de ser una cárcel. Sé acompañar la noche oscura porque la atravesé sin mapa, y hoy puedo acompañar a mirar ese mapa a otra persona.
Todo ese camino, la selva, las plantas, los partos, la pérdida, me llevó a dedicar mi vida a acompañar caminos de transformación para otras personas, con la confianza infinita de que todo es posible.
Luego llegó la creación de Microhuasca: una organización que forma y certifica facilitadores en procesos terapéuticos de microdosificación.
No lo construimos desde la teoría. Lo construimos desde la experiencia de haber estado ahí, de saber lo que se necesita cuando alguien atraviesa una transformación real.
Hoy Microhuasca acompaña a miles de personas. Con foco en seguridad, ética y contención. Porque una transformación sin sostén no es transformación, es desorientación.
Y creé TERRITORIO, un programa de autoconocimiento para reconocer raíces, cruzar umbrales y habitar la propia historia con amor.
Acompaño desde lo que he vivido. No desde otra cosa.
