
Aprendí a nacer varias veces. La primera fue en Perú, tres meses antes de lo previsto. Las demás, las fui eligiendo.
Vengo de una familia de personas que cruzaron océanos para sobrevivir. Mis abuelos llegaron a Sudamérica desde Europa, cargando historias de guerra y de pérdida que marcaron el linaje para siempre. De ellos heredé algo que tardé años en reconocer: que empezar de nuevo no es una derrota, es una forma de valentía que se transmite en la sangre.
Crecí en una familia que había conocido la abundancia y también la pérdida. Una infancia compleja, una adolescencia reprimida y encerrada, que sin embargo me fue forjando de maneras que hoy agradezco: me dio creatividad, resiliencia, y un contacto profundo con la espiritualidad que desde muy joven sentí como mi territorio más verdadero.
Durante siete años viajé por el mundo. De país en país, sin un destino fijo, aprendiendo el idioma silencioso de los lugares y de mí misma. Fue ese recorrido el que me enseñó a escucharme, a confiar en lo que no se puede planificar y a reconocer que la vida siempre tiene una razón para lo que trae.
Desde esa convicción tomé una decisión que lo cambiaría todo: dejé la ciudad atrás y me fui a vivir a la selva peruana. Casi dos décadas entre árboles que respiran, ríos que guardan secretos y plantas que saben cosas que la ciencia apenas empieza a nombrar. Allí aprendí que la transformación no se busca, se habita. Que el cuerpo tiene su propia inteligencia. Que la naturaleza no miente.
En la selva empecé a acompañar partos. A estar presente en ese momento donde la vida se abre paso con una fuerza que no pide permiso. Y un día, ese momento fue el mío. Había planeado parir acompañada, me había preparado, pero mis gemelas eligieron su propio tiempo. Las recibí junto a mi pareja, con lo que ya llevábamos dentro. Esa noche entendí en el cuerpo lo que significa confiar completamente.
También aprendí a sostener la pérdida. La muerte del padre de mis hijas es de esas heridas que no desaparecen, sino que con el tiempo se vuelven parte del paisaje. Me enseñó a seguir de pie con el corazón roto, y a descubrir que eso también es una forma de amor.
Soy madre de cuatro hijos. Mis maestros más honestos y más exigentes. Con ellos aprendí que el amor es una práctica diaria, que la humildad se entrena y que crecer no termina nunca cuando tienes ojos que te miran hacerlo.
Hoy vivo en España. Co-fundé Microhuasca, organización que forma y certifica facilitadores en procesos terapéuticos de microdosificación, con foco en seguridad, ética y contención. Y creé TERRITORIO, un programa de autoconocimiento para reconocer raíces, cruzar umbrales y habitar la propia historia con amor.
Acompaño desde lo que he vivido. No desde otra cosa.
