
Soy madre de cuatro hijos y vengo de una familia que cruzó océanos para sobrevivir. Mis abuelos llegaron a Sudamérica desde Europa cargando historias de guerra y de pérdida. De ellos heredé algo que recién puedo reconocer: que empezar de nuevo no es una derrota. Es una forma de valentía que se transmite en la sangre.
Crecí entre esa herencia y su peso. Una infancia compleja, una adolescencia reprimida. Y sin embargo, en ese encierro se fue formando una conexión con la espiritualidad que desde muy joven sentí como el único territorio verdaderamente mío.
Por eso puedo reconocer cuándo alguien está cargando una herencia que no eligió. Y sé que ahí, justo ahí, también puede empezar a elegir.

Viajando por el mundo aprendí el idioma silencioso de los lugares y fui, muy despacio, aprendiendo también el mío. Entendí que hay cosas que no se pueden planificar.
Desde esa convicción tomé la decisión que lo cambió todo: dejé la ciudad y me fui a vivir a la selva peruana. Casi dos décadas entre árboles, ríos que guardan secretos y plantas que saben cosas que la ciencia apenas empieza a nombrar.
Allí entendí que la transformación no se busca. Se habita.
Hoy, cuando alguien llega a mí queriendo forzar su propio proceso, sé acompañarlo a soltar el control. Porque yo tuve que aprenderlo primero en mi cuerpo.

Me fui a la selva peruana con el padre de mis hijas a sembrar nuestra familia. Sin planes ni retiros: simplemente a vivir.
Tras una cesárea y un segundo parto en el hospital, mi tercer embarazo fue gemelar. Desafiando la lógica, mis hijas nacieron en casa, a su propio tiempo, recibidas solo por nosotros. Eso me llevó a formarme y acompañar partos, comprendiendo la sabiduría profunda del cuerpo.
Siempre fui racional, pero las plantas maestras no explican: muestran. Me enseñaron que la vida es mucho más que este envoltorio humano. Llegué a ellas a los 23 años, sin embargo en mi momento más oscuro, tras la muerte de mi compañero llego la medicina de la selva. Sostenía la crianza de mis hijas, pero por dentro atravesaba una noche sin fondo.
la medicina de la selva no me quitó el dolor, pero le dió sentido. Por eso hoy sé acompañar a quien atraviesa su propia noche: para que el dolor deje de ser una cárcel y encuentres tu propio mapa.

Todo ese camino, la selva, las plantas, los partos, la pérdida, me llevó a dedicar mi vida a acompañar caminos de transformación para otras personas, con la confianza infinita de que todo es posible.
Luego llegó la creación de Microhuasca: una organización que forma y certifica facilitadores en procesos terapéuticos de microdosificación.
No lo construimos desde la teoría. Lo construimos desde la experiencia de haber estado ahí, de saber lo que se necesita cuando alguien atraviesa una transformación real.
Hoy Microhuasca acompaña a miles de personas. Con foco en seguridad, ética y contención. Porque una transformación sin sostén no es transformación, es desorientación.
Y creé TERRITORIO, un programa de autoconocimiento para reconocer raíces, cruzar umbrales y habitar la propia historia con amor.
Acompaño desde lo que he vivido. No desde otra cosa.