Por: Ana Platzer
Colaboradora: Claudia Patrícia Rodríguez

Esta es la historia de Karla…

Recuerdo cuando fuí madre por primera vez, me sentía invadida por una sensación única de asombro ante ese ser tan perfecto, completo y hermoso que estaba dentro de mí, ¡en ese momento estaba conociendo a mi bebé!

Ser madre se convirtió en realidad, pasé de las fantasías y sueños a los acontecimientos de cada día, todo era nuevo para mí y a veces, me sentía insegura, no sabía con certeza lo que debía hacer, afortunadamente, mi madre estaba presente y me ayudó a cuidar a mi bebé los dos primeros meses, pero después de ese tiempo, me quedé sola, mi esposo estaba todo el día en el trabajo. Cuando eso ocurrió, mi instinto materno afloró y comencé a ser madre a mí manera, a experimentar cada cosa que se presentaba sin más ayuda que esa guía interna que todos tenemos.

Podría decir que ser madre por primera vez fué una experiencia mágica, que me llevó a reconectarme primero con mi instinto materno, pero más allá de eso, me hizo darme cuenta de muchas cosas olvidadas de mí misma, fue como un despertar que me hizo querer ser mejor persona para cuidar con esmero a ese pequeño, maravilloso e increíble ser que era mi bebé. Dicho de otra forma, creo que ser madre despierta un gran amor dentro de nosotras, nos lleva a cambiar de tal manera, que nuestro bebé se convierte en lo más importante. Lo que yo deseaba era ser la mejor madre posible.

Una de las primeras cosas de las que me dí cuenta al ser madre, es que los bebés nacen conectados con su voz interna de una manera sumamente natural,  esa voz en ellos es un sentimiento continuo, pues no conocen otra cosa, ellos lloran y ríen si así lo sienten, no les preocupa lo que otros van a decir, simplemente lo expresan, son espontáneos, son curiosos, son creativos, son alegres, cuando aprenden a hablar, dicen lo primero que se les ocurre, no dudan, no desconfían, no juzgan, pero si alguien o algo les desagrada, se alejan sin ninguna explicación.

Conectada con esa pureza a través del contacto con mi bebé, me daba cuenta de que yo había nacido igual, pero el tiempo había dejado huellas en mí, sin lugar a duda, al crecer perdemos esa conexión natural con esa voz interior.  

Desde que nacemos nos vemos condicionados por nuestra familia, el entorno social, la cultura, etc. Y poco a poco, perdemos esa conexión que traemos de nacimiento, dejamos de ser naturales y nos convertimos en reflejo de todo lo que nuestros sentidos perciben del exterior. Nuestros padres generalmente nos enseñan a sentir un amor condicionado, aprendimos que para ser amados y aceptados debemos comportarnos de cierta forma. Sin embargo, ese niño interior sigue latente en nuestro corazón durante toda la vida.

Otra cosa que entendí en el proceso de ser madre, fué que mis padres me amaban tanto como yo amaba a mi bebé, pero en su afán por protegerme y educarme no se daban cuenta de que a veces lo hacían desde el miedo y no desde el amor.

Cuando nos convertimos en padres, tenemos la oportunidad de hacer las cosas diferentes, podemos tomar consciencia y generar cambios que nos permitan educar a nuestros hijos desde el amor y la confianza (que comienzan por nosotros), escuchando cada día esa guía que es nuestra voz interior. Permitiendo que la naturaleza fluya a través de nosotros.

Pienso que es de vital importancia tomar consciencia de quienes somos, que este tiempo es de hacer cambios en la forma como hemos venido educando a nuestros hijos, que es a través de nuestro despertar que lograremos cambios en las futuras generaciones.  

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